martes, 7 de marzo de 2017

ORTOGRAFÍA Y OPOSICIONES: LO QUE EL OJO NO VE. LA NECESIDAD DE UNA EDUCACIÓN PÚBLICA Y DE CALIDAD.






“Me encanta que me haga esta pregunta”. Dándole una vuelta a esta tópica respuesta, y en referencia al reciente caso de las frustradas oposiciones al Cuerpo Nacional de Policía, podríamos convenir en que “me encanta que pasen estas cosas”, porque así se evidencian asuntos de extrema importancia. Y me explico.

La forma extra-insistente en que se ha volcado toda la prensa patria en justificar la (sic) “dureza y dificultad extremas” de la ya famosa prueba, con los “hágalo usted mismo a ver qué tal le sale” a toda página, llama sobremanera la atención y hace pensar si el tema no irá más allá de lo que parece. ¡Y tanto que va!

La prueba, en resumen, ofrecía un listado de 100 palabras que los opositores debían indicar si estaban mal o bien escritas. Y resultó que suspendieron la mayoría de ellos, hasta el punto de hacer peligrar la cobertura de las plazas ofertadas. Un poema, vaya.

Bien. Si piensan hacer el test propuesto por la prensa a modo de justificación de la debacle, no se obsesionen con sacar un “10”. Aproximadamente un 25% de esas palabras eran de difícil solución, es cierto, pues se trataba de americanismos, arcaísmos e incluso de palabras con un uso, simplemente, circunscrito a no-se-yo qué determinada zona geográfica. Pero todo eso era la trampa. O mejor, es la trampa que nos tienden los medios para que miremos donde ellos (los de siempre) quieren que lo hagamos.

El meollo de la cuestión no eran esas palabras confusas y “para eruditos”, como se denuncia, sino ese otro 70-75% de palabras en las que bastaba con identificar las reglas ortográficas de nuestro idioma.

Cualquier persona con el nivel académico mínimo que se exige para opositar al C.N.P. debería pasar esta prueba sin problema. En realidad, debería pasarla sin problema cualquiera en posesión del título de graduado en E.S.O. Pero la realidad nos devuelve un “no apto” como un sol porque de lo que hablamos, en el fondo, es de lo que parece no importar demasiado: la desatención de la educación pública y, como uno de sus resultados, el cada vez más bajo nivel de nuestros jóvenes en materia tan central en un estudiante como es, o debería ser, la correcta expresión escrita, esa batalla que parece ya del todo perdida contra el “wasa”, contra el “muxo” o contra el “keda”.

En este caso, encima, y como agravante, la solución ha sido salirse por la tangente de anular la prueba. Pero flaco favor nos hacemos con esto, pues no deja de ser el certificado de la nula importancia que damos al asunto. Señalar que la prueba no mide las competencias del opositor, como denuncian desde el SUP, es dar por buena (desde dentro, además) la imagen del policía como simple mamporrero que no necesita saber hablar ni escribir porque para eso lleva chapa, como si, en realidad, no se tratara de funcionarios públicos que deben, también y como todos, escribir informes o redactar atestados, o como si no se tratara, sin más, de personas que han debido superar una formación académica mínima.

Aquí, lo que se está dando por bueno, en definitiva, es un sistema que está minando de forma continuada la educación pública en favor de la mercantilización de la enseñanza. Porque este caso ejemplifica a la perfección el final del camino al que conduce ese desmantelamiento de los centros públicos, por un lado, y el vaciado de contenidos curriculares, por otro.

El próximo día 9 de Marzo hay convocada una jornada de lucha en defensa de una educación pública y de calidad. Y para que la educación sea de calidad no sólo es necesario dotarla de recursos económicos, humanos y materiales suficientes, sino que también  es necesario que los planes educativos dejen de ser moneda de cambio del interés partidista, que dejen de escribirlos las grandes empresas para que pasen a ser el trabajo de consenso de toda la comunidad educativa, con especial atención a la opinión de quien más y mejor sabe de esto, los y las maestras; y es necesario, en fin, que se vuelva la mirada hacia las materias que hemos ido perdiendo por el triste camino que emprendimos el día que dimos por bueno prescindir, entre otras, de la filosofía, de la literatura o de las artes para convertirnos en meras máquinas aptas solo para buscar empleo.










           



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