jueves, 28 de marzo de 2019

MEMORIA DE LA CIUDAD QUE FUE





Mañana de domingo en la Alameda de Hércules, finales de los años 60. 




Mi madre nació en una casa de vecinos junto a la carbonería de la calle Santa Clara, allá en la confluencia con Lumbreras. Una casa no muy grande pero que albergaba, en pequeñas habitaciones alrededor del patio, a varias familias. Una casa, como tantas otras a su alrededor, donde se compartía mucho más que un espacio común: casas donde respiraba y crecía el barrio como elemento solidario y aglutinador, como referente de procedencia, de clase en definitiva.

Cuando mis padres se casaron (mi padre era de una calle cercana, de Medina, un callejón de Hombre de Piedra) permanecieron unos años aún en aquella casa junto a la que habían construido su mundo más cercano, esos amigos que, casi sin darnos cuenta, se convierten en una nueva familia, fiel, cómplice, elegida. Allí nacimos mis dos hermanos y yo, y allí dimos nuestros primeros pasos en ese sentimiento de especial pertenencia. Unos años después nos mudamos apenas unas manzanas más allá, a la zona de San Vicente contigua a la antigua Puerta de San Juan. También a una casa de vecinos, también de alquiler y también rodeada de otras muchas casas donde las familias vivían esa vida común en torno a patios heredada de generaciones. Esta cercanía nos permitió, además, no perder el hilo que nos unía a las calles, los lugares, que aprendimos de pequeños.

Aquellos años sembraron mi infancia, pues, de lugares y personas que ya me acompañarán siempre, aunque sea casi como retratos en sepia de la memoria. La freiduría de las Lumbreras, junto al caracolero Corral de los Chícharos; la barbería de Juan, el barbero que más hablaba del mundo; la imprenta donde trabajaba mi padrino, frente a la nave Singer, en la que me llevaba las horas mirando extasiado el chuf-chuf de las prensas; la taberna de los Villalba y su pasado de banderilleros; la bodega de las Lumbreras, a donde mi madre me mandaba a comprar vinagre a granel y en la que una mañana presencié un brutal accidente; el taller de Guzmán Bejarano, de cuyas manos surgían las volutas doradas de la Semana Santa y a quien, pegando nuestras naricitas en los cristales de la puerta, veíamos afanado siempre sobre las maderas; las costureras de Semengar que  ahora llenaban las naves de la antigua fábrica de cerillas y que cada tarde pasaban cogidas del brazo bajo mi balcón; el Cine Ideal, con su largo pasillo de entrada y cuyas paredes encalaran durante años primero mi abuelo y después mi padre; la Casa de las Sirenas, el antiguo palacio del marqués de Esquivel, inundada de gatos y maleza; la frontera que trazaba la tapia de la vía en Torneo y los campos de libertad y transgresión que se abrían tras ella… También mi niñez discurrió de la mano de mis padres por entre los ríos de caras y objetos que cada jueves alfombraban desde la Cruz Verde hasta San Juan de la Palma, por el enjambre de tiendas que iba de Regina a José Gestoso o por entre los puestos del mercado de la Feria, desde donde los ojos de los peces me encogían el alma.

Pero llegaron aquellos años que anunciaron el principio del despojo, y los patios comenzaron a caer en el abandono, como la casa de “los comunistas”, así la llamaban en la intimidad y en voz muy baja mis padres, en donde varias generaciones de una extensa familia resistían los envites de la piqueta y de la represión. También en casa nos tocó resistir la piqueta ansiosa, pertinaz, amenazante, que nos imponía el casero del edificio desatendiendo las reparaciones para forzar así el desalojo. El centro de la ciudad se volvía muy apetecible y la especulación fue arrojando a familias enteras al sur del extrarradio, donde surgían nuevos barrios, impersonales, uniformados. Así, vimos cargar sus enseres a muchos amigos camino de un destierro que, en el fondo, nos perseguía a todos.

Cerró Paco Feria, aquel carlista que vivió en primera persona los sucesos de Montejurra, su tienda de ultramarinos, el antiguo “desavío” donde comprábamos el pan, la leche o cualquier imprevisto. Cerraron la quincalla de Arturo y la droguería. Cerró Demetrio, y cerró Gracita, la frutera. Juan bajó definitivamente la persiana de su barbería y la imprenta de mi padrino acabó en un polígono industrial a las afueras de un pueblo cercano. Las casas de Antoñito, de Vicente, del Melenas, fueron cayendo una a una para dejar sus patios perdidos a la intemperie y listos para una, decían, nueva ciudad. El barrio se convirtió, en meses, en una enorme escombrera de derribos tapiados con carteles a todo color donde se anunciaban las próximas promociones de viviendas.

La casa donde nací, donde ya había nacido también mi madre, acabó convertida en otra cosa, sin gitanillas en los balcones y con un gris y enorme portalón automático. La casa de San Vicente, de la que finalmente tuvimos también que marchar, acabó con los años vendida al mejor postor. Hoy, las banderas que engalanan el hotel en que acabó convertida, asoman desde el que fue el balcón del dormitorio de mis padres.

Mi barrio, mi infancia, fue abandonando de esta forma su geografía para dejar asomar otras caras, otros gestos menos cercanos. Casi sin respiro, transitó del desarrollismo sanguinario de las grandes constructoras iniciado en los 60 a los planes dibujados para los fastos universales del 92. Calidades de primera, terminaciones de lujo, patios donde los niños no podían jugar rodeados de viviendas silenciosas y aisladas –por dentro y por fuera- del exterior. Se nos dijo que, así, la ciudad era más habitable y, aunque no se nos explicó para quién, pronto supimos que éramos nosotros los que sobrábamos. Se cambió el alquiler por la posesión como necesidad, se confundió la modernidad con la exclusión, se expulsó de sus casas, de sus vidas de toda la vida, a todo el que no cumplía los cánones de aquella modernidad al peso, como Rosario, como Fernando.
La Alameda, que perdió el albero y sus pequeños parterres, es ahora un slalom de neones y veladores de diseño. Han desaparecido para siempre el Chispitas, las Maravillas, el quiosco de “la sorda” y la Papelería El Sol. Los rumores sobre La Conga y las timbas del Casino Ferroviario no son ya más que lejanos recuerdos. En la “escalerilla”, un parking engulló para siempre aquellos partidos a cara de perro de los sábados por la mañana. El colegio San Luis Gonzaga y el café Viena, donde de pequeño desayunaba chocolate con churros y en donde hasta celebramos mi primera comunión, han acabado siendo unas asépticas y anodinas franquicias, como tantos cientos de asépticas y anodinas franquicias.

Estos días leo en la prensa cómo la policía, obedeciendo a quien obedece, ha desmantelado el mercadillo del Jueves con escusas poco creíbles. Lo leo en el mismo periódico donde se anuncia –curiosa coincidencia- que el edificio de Casa Carreras, junto a la plaza de los Carros, se reconvierte en apartamentos turísticos, esa fiebre que está ahogando nuestras calles y plazas. En el Jueves, de pequeño, paseé, respiré, viví una ciudad que nos quería. Tampoco podré olvidar cuando iba con mi madre a comprar a Carreras, con su largo mostrador y su trajín de hules y cacharrería de plástico. A la modernidad, a la de antes y a la de ahora, le estorba la ciudad y la historia que dibujan sus aceras, sus cambalaches, sus bares de viejo, sus remolinos de voces. A la modernidad solo parece interesarle el interés de quien hace de la ciudad negocio o tarjeta de visita con derecho a roce. Y la verdad es que les está quedando una suerte de parque temático muy cool y muy aseadito, pero con muy poca alma.














lunes, 10 de septiembre de 2018

CIUDAD SUR







Más allá de las grandes avenidas
de las riadas de rostros sin nombre
más allá de los noticiarios y las gaviotas
te recorro ciudad sur
de mar a mar
como una caravana sedienta.
Pregunto su historia a ventanas y aldabas
quién las acarició
quién no fue más que un golpe seco
y último.
Te aprendo ciudad sur
con las manos y los ojos
preso ya siempre de tu sueño
preso ya siempre.








lunes, 21 de agosto de 2017

DE BARCELONA, BOLARDOS Y NEGOCIOS.









Demasiado tiempo perdido en criticar que los catalanes hablen en catalán, en querer demostrar que la culpa del desorden es de los mossos (que son catalanes y quieren ir a su bola) o de Colau por no gustarle los zoidobolardos.

Demasiado tiempo perdido echándose los muertos unos a otros, alimentando incertidumbres, pero también sonrojo, con su carrera de desmentidos y contranoticias.

Demasiado tiempo perdido mareando la perdiz que alimenta el miedo y el odio para nunca coger el toro por los cuernos, para nunca hablar de los porqués, para querer hacernos quedar a la postre mirando el dedo mientras la luna del terror y sus negocios de sangre sigue engordando.

Ahora crucificarán a las gentes de la CUP (que, de camino, son catalanes de esos de los malos y se pelan mu raros) por llevar a los diarios el vergonzante secreto a voces de la indecencia borbona, por sacarlo del ámbito semicontrolado de las redes sociales, y lo harán también con quien se oponga al literal del tramposo pseudopacto que ellos quieren vendernos como ejemplar, porque ellos lo valen y, sobre todo, porque quien paga, manda.

Y, entonces, un nuevo anuncio de debacles y demonios, de contubernios comunistas contra la una, contra la grande y contra la ¿libre?, nos devolverá a la casilla de salida de perder demasiado tiempo en no explicar por qué ocurren las cosas, a la casilla de poner a funcionar a la prensa para tenernos, otra vez, dos o tres turnos sin tirar, dos o tres turnos (o los que hagan falta) sin pensar.








miércoles, 3 de mayo de 2017

EL ALBERO ES NUESTRO






Dicen los que han estudiado el tema que fue el duque de Montpensier el primero en montar una caseta privada en la feria sevillana. Al buen mozo, las casetas donde se congregaban el resto de mortales le debían parecer poco propicias para el agasaje y el disfrute festeros.

Así empieza la carrera, apenas tres años después de su instauración, para convertir la feria de Abril de Sevilla en una de las más clasistas del universo mundo, para despojarla de su carácter popular a fuerza de arrinconar al “pueblo” en los arrabales de la propia fiesta.

Y es que aquí, que somos como somos, en vez de tomar la senda de aquellos taberneros que abrían al respetable sus negocios y barracas en aquel recién nacido “Real”, y contra todo pronóstico de la razón, elegimos parecernos al señorito y acabamos convirtiendo así el espacio público en un enorme queso donde, hoy por hoy, no llega ni al 5% el número de casetas de libre acceso, no vaya a ser que nos mezclemos.

Es Sevilla tierra de rancios y de regusto por el postureo, aunque es lo segundo lo que verdaderamente nos puede. Para eso parece estar hecha la feria, para el disfrute (o el espejismo) de que opositando a la sevillana ranciedad nos separamos del vulgo. Y aireamos orgullosos que tenemos caseta y que no tendremos que mendigar en las puertas de nadie con que “soy amigo de Antonio, el de la cocina”, ni que nos tendremos que arracimar frente a las públicas, donde entra cualquiera. Y nos mirarán desde abajo, querremos pensar, para así poder mirarlos nosotros desde arriba y sentirnos rancios aunque sea por un día, aunque sea desde lo alto de una montura llevada al extremo del cansancio para mayor gloria de nuestra necedad. Y de nuestra miseria.














martes, 7 de marzo de 2017

ORTOGRAFÍA Y OPOSICIONES: LO QUE EL OJO NO VE. LA NECESIDAD DE UNA EDUCACIÓN PÚBLICA Y DE CALIDAD.






“Me encanta que me haga esta pregunta”. Dándole una vuelta a esta tópica respuesta, y en referencia al reciente caso de las frustradas oposiciones al Cuerpo Nacional de Policía, podríamos convenir en que “me encanta que pasen estas cosas”, porque así se evidencian asuntos de extrema importancia. Y me explico.

La forma extra-insistente en que se ha volcado toda la prensa patria en justificar la (sic) “dureza y dificultad extremas” de la ya famosa prueba, con los “hágalo usted mismo a ver qué tal le sale” a toda página, llama sobremanera la atención y hace pensar si el tema no irá más allá de lo que parece. ¡Y tanto que va!

La prueba, en resumen, ofrecía un listado de 100 palabras que los opositores debían indicar si estaban mal o bien escritas. Y resultó que suspendieron la mayoría de ellos, hasta el punto de hacer peligrar la cobertura de las plazas ofertadas. Un poema, vaya.

Bien. Si piensan hacer el test propuesto por la prensa a modo de justificación de la debacle, no se obsesionen con sacar un “10”. Aproximadamente un 25% de esas palabras eran de difícil solución, es cierto, pues se trataba de americanismos, arcaísmos e incluso de palabras con un uso, simplemente, circunscrito a no-se-yo qué determinada zona geográfica. Pero todo eso era la trampa. O mejor, es la trampa que nos tienden los medios para que miremos donde ellos (los de siempre) quieren que lo hagamos.

El meollo de la cuestión no eran esas palabras confusas y “para eruditos”, como se denuncia, sino ese otro 70-75% de palabras en las que bastaba con identificar las reglas ortográficas de nuestro idioma.

Cualquier persona con el nivel académico mínimo que se exige para opositar al C.N.P. debería pasar esta prueba sin problema. En realidad, debería pasarla sin problema cualquiera en posesión del título de graduado en E.S.O. Pero la realidad nos devuelve un “no apto” como un sol porque de lo que hablamos, en el fondo, es de lo que parece no importar demasiado: la desatención de la educación pública y, como uno de sus resultados, el cada vez más bajo nivel de nuestros jóvenes en materia tan central en un estudiante como es, o debería ser, la correcta expresión escrita, esa batalla que parece ya del todo perdida contra el “wasa”, contra el “muxo” o contra el “keda”.

En este caso, encima, y como agravante, la solución ha sido salirse por la tangente de anular la prueba. Pero flaco favor nos hacemos con esto, pues no deja de ser el certificado de la nula importancia que damos al asunto. Señalar que la prueba no mide las competencias del opositor, como denuncian desde el SUP, es dar por buena (desde dentro, además) la imagen del policía como simple mamporrero que no necesita saber hablar ni escribir porque para eso lleva chapa, como si, en realidad, no se tratara de funcionarios públicos que deben, también y como todos, escribir informes o redactar atestados, o como si no se tratara, sin más, de personas que han debido superar una formación académica mínima.

Aquí, lo que se está dando por bueno, en definitiva, es un sistema que está minando de forma continuada la educación pública en favor de la mercantilización de la enseñanza. Porque este caso ejemplifica a la perfección el final del camino al que conduce ese desmantelamiento de los centros públicos, por un lado, y el vaciado de contenidos curriculares, por otro.

El próximo día 9 de Marzo hay convocada una jornada de lucha en defensa de una educación pública y de calidad. Y para que la educación sea de calidad no sólo es necesario dotarla de recursos económicos, humanos y materiales suficientes, sino que también  es necesario que los planes educativos dejen de ser moneda de cambio del interés partidista, que dejen de escribirlos las grandes empresas para que pasen a ser el trabajo de consenso de toda la comunidad educativa, con especial atención a la opinión de quien más y mejor sabe de esto, los y las maestras; y es necesario, en fin, que se vuelva la mirada hacia las materias que hemos ido perdiendo por el triste camino que emprendimos el día que dimos por bueno prescindir, entre otras, de la filosofía, de la literatura o de las artes para convertirnos en meras máquinas aptas solo para buscar empleo.










           



martes, 11 de octubre de 2016

NADA QUE CELEBRAR.






Este 12 de Octubre NO tenemos NADA que celebrar.

Mañana, para nuestra vergüenza, sacarán las banderitas y apelarán a la hermandad hispana aquellos que durante todo el año recelan de quien viene del otro lado del oceáno (salvo que se llame Messi y venga a defraudar a la hacienda pública).

Mañana, para nuestra vergüenza, serán muy hispánicas aquellas grandes empresas que cada día hunden sus garras en latinoamérica para continuar con el expolio iniciado en 1492.

Mañana, para nuestra vergüenza, un gobierno que abandona a su suerte a cientos de miles de personas, se pondrá el disfraz de monigote para gritar al viento que son muy españoles y mucho español. 

Mañana, para nuestra vergüenza, el dinero de la sanidad, la educación, las pensiones, la dependencia, la cultura, se irá por el retrete de una parada militar, cabra incluida. 

Mañana, para nuestra vergüenza, nos volveremos a levantar con la noticia de que en esta hispánica España se han disparado las detenciones e identificaciones por motivos étnicos. 

Mañana, para nuestra vergüenza, no habrá nada que celebrar cuando el hispánico Borbón y sus colegas descorchen el champán mientras nuestros hermanos latinos deambulan por las aceras en busca de comida y de respeto.